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Clima y suelo, factores determinantes del paisaje. El caso de la sierra de Baza

La sierra de Baza está ante un cambio de ciclo, una etapa de transición hacia un nuevo modelo de bosque. El decaimiento de la masa forestal es un claro signo de este proceso de transformación del paisaje. La explicación, como ya se ha apuntado en distintos artículos, se encuentra, entre otras razones, en las condiciones climatológicas, y, por supuesto, en las del propio terreno.

Debemos entender que cualquier variación de los elementos que conforman el medio crea un escenario distinto, y este, a su vez, impone un hábitat adaptado a las características particulares de cada momento y espacio. De esta manera, lo que conocemos hoy, el bosque de coníferas que puebla la serranía, dará paso a algo diferente, que no significa que sea negativo. Por ello, debemos afrontar esta cuestión de una forma responsable, seria y sin alarmismos.

Para comprender un poco mejor la situación actual es útil echar mano del estudio diacrónico de los elementos ambientales. Este tipo de análisis nos permite mostrar tendencias, lo que es muy útil para descifrar las causas probables que provocan el cambio y, sobre todo, para poder prever, en la medida de lo posible, el futuro. En este sentido, cabe que nos paremos un momento a revisar las tablas con los datos sobre precipitaciones y temperaturas registrados en esta área durante los últimos años.

En el caso que nos ocupa, el repaso de los registros históricos apunta una tendencia, clara, al aumento de las temperaturas medias en la zona, en torno a 1,5 º C, y a una ligera disminución de las precipitaciones. Respecto al ascenso de las temperaturas, hay que decir que tiene una marcada incidencia en el incremento, bastante acusado (superior al 10%), de la evapotranspiración (concepto que determina las necesidades teóricas de agua de la cobertura vegetal y, por tanto, su resistencia a los periodos secos), que es especialmente significativa a partir de la década de 1990.

En cuanto a las precipitaciones, si bien la última década no ha sido de las más secas del periodo estudiado, sí se observa un encadenamiento de años en los que las precipitaciones estivales (de mayo a septiembre) se han situado por debajo de los 75 mm (8 de los últimos 13 años) y una clara tendencia a la baja de las cantidades recogidas. Aplicando a los datos pluviométricos del índice estandarizado de sequía pluviométrica (IESP), se pone de manifiesto que, dentro de la alternancia de periodos secos y húmedos característico de nuestro clima, hay una tendencia al aumento de la duración de los periodos secos y, sobre todo, de su intensidad desde el año 1981.

Las cifras son elocuentes, desde 2005 se ha registrado el mayor número de meses consecutivos en situación de sequía (49, de septiembre de 2005 a octubre de 2008), así como las mayores intensidades medias (-1,15, para el periodo comprendido entre septiembre de 2004 y octubre de 2009, y -1,21, entre mayo de 2015 y octubre de 2016). Comparando la última década con una fase de sequía relativamente similar en cuanto a su duración, como fue la que se produjo de enero de 1981 a febrero de 1986, en la que se registró un total de 59 meses secos de 65, se observa que las intensidades en este episodio no fueron superiores a -0,98, unos índices que son marcadamente menores a los recogidos en los periodos de sequía posteriores al año 2005.

Los suelos

Por otro lado, están las características propias del terreno, cuya morfología y composición imponen unas condiciones que, combinadas con la climatología, son determinantes para la cobertura forestal. En este sentido, cabe señalar que los suelos de la sierra afectados por el decaimiento son suelos pobres, escasamente evolucionados y desarrollados tanto sobre los coluvios de ladera como sobre los micaesquistos que constituyen la roca dominante de la zona (es un tipo de roca foliada compuesta principalmente por mica y cuarzo)

Son, fundamentalmente, suelos de carácter franco arenoso en pendientes medias del 21 al 46 %, parecidos a la la roca madre y en general con escasa profundidad (entre unos 20 y 50 cm para los regosoles éutricos y litosólicos, dominantes en la zona, salvo en vaguadas y áreas protegidas de la erosión donde se pueden encontrar puntualmente cambisoles éutricos de unos 80 cm de profundidad). Presentan un alto contenido en gravas y piedras, lo que unido a su limitada profundidad limita su capacidad de almacenamiento de agua.

Se ha determinado, asimismo, la capacidad de retención de agua para cada tipo de suelo representativo y se ha calculado el balance hídrico para toda la serie climática disponible de temperatura y precipitación. El resultado ha sido que, en todos los casos, se ha observado un aumento de la frecuencia de años con 7 o más meses con déficit hídrico. En el suelo más representativo, el de regosoles eútricos, esta situación se ha repetido en 7 de los últimos 11 años, en 9 años en el caso de de regosoles litosólicos y en 4 de los últimos 11 años en los cambisoles.

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Fuente: medioambienteand.wordpress.com